-Al fin en casa- Solté la mochila en la entrada, colgué el abrigo en el perchero y fui directo al frigorífico. Necesitaba picotear algo urgentemente ya que no había tenido una jornada muy… como de decirlo, no había tenido un día tranquilo como me gustaba. Y la causa de este trastorno tenía nombre, Martin.
-Bueno ya estoy en casa asi que a descansar- Tomando apoyo en la puerta del salón aprecié la silueta de mi madre recostada sobre el sofá. Trabajaba demasiado y eso se debía a la falta de la figura paterna. Mi padre nos dejo cuando solo tenía 4 años. Los motivos no los desconocía, pero tampoco me interesaban lo mas mínimo, si se fué pues que no se le ocurriese volver.
Seguía teniendo hambre aunque había picoteado algo al llegar. No quería despertarla así que cocinaba o comía fuera. Había oido hablar de un bar en la esquina así que me pasaré por allí. Tras dejarle una nota en la conica que decía: He salido a comer algo no te preocupes volvere pornto; salí por la puerta en busca de mi almuerzo.
-Buenas tardes.
-Esto hola- Era la vecina de enfrente que como cada tarde salía a pasear a, su perro.
-Que tal chico.
-Pues bastante bien, este es mi último curso así que no me quejo.
-Muy bien, pues a darlo todo. Bueno adiós, que este tiene ganas de hacer sus cosillas.
-Adiós señora.
A lo lejos ya se podía ver un cartel que decía: Bar Cafetería Al Alba. Curioso nombre, un poco excéntrico pero bueno mientras tuviesen algo con lo que saciar mi apetito.
Ya empezaba a notar el olorcillo a carne y sofrito de cebolla y la típica babilla de los comics y dibujos animados hacía su aparición. Ya frente a la puerta de cristal de la cual colgaba el cartelito de: Abierto; pude apreciar la decoración del lugar. No era nada fuera de lo común, algunos cuadros con motivos vegetales, también una vitrina con botellas y vasos, y la barra al fondo junto a una maquina de tabaco. Las mesas estaban dispuestas de forma aleatoria en el espacio libre y una serie de taburetes seguían en línea a la barra.
Y allí estaba yo para romper el silencio con el chirrido de la puerta. De fondo se escuchaba una radio con la típica emisora de música de moda que no solía escuchar porque me parecían canciones comerciales y, para variar, mis gustos musicales no tenían nada que ver con aquello.
Tomando asiento en la barra comencé a juguetear con una servilleta de papel. De vez en cuando garraspeaba un poco la garganta con la intención de llamar la atención del camarero que aun no había dado señales de vida. Y al fin apareció, pero cual fue mi sorpresa al ver que el camarero era Martin.


